Víctor Erice en el rodaje de El espíritu de la colmena.

Prólogo.
Tras decidir el equipo de La Linterna Mágica dedicar un programa a Víctor Erice y a su película El Sur, y sugerirme dos miembros del citado equipo, (Juan Soria y Bernardo Díaz)  que escribiera un artículo sobre dicho director, o sobre la película, acometí con gran entusiasmo la tarea que de antemano presentía difícil de realizar.
Después de meditarlo detenidamente opté por tratar de clarificar lo que representa (al menos para mí) su obra, dejando a un lado su biofilmografía y demás acontecimientos.
Si el escribir un artículo sobre cualquier director de Cine  ya de por sí conlleva grandes dificultades, en el caso de Erice todo esto se complica aún más al ser su Cine un Cine  apoyado fundamentalmente en  la imagen, un Cine donde los diálogos además de no tener gran relevancia son más bien escasos, un Cine que hace bueno el famoso dicho de “ una imagen vale más que mil palabras”


No recuerdo con exactitud la fecha en la cual vi por primera vez, en un pase de Televisión Española, la película de Víctor Erice El Espíritu de la Colmena, pero lo que si recuerdo perfectamente fue el tremendo impacto que me causó dicha película; durante el visionado de la cinta una serie de  extrañas sensaciones inundó todo mi ser. Yo no acertaba a comprender por qué dicha obra me estaba afectando de tal manera. Las imágenes de la película eran impactantes, casi hipnóticas, de una belleza verdaderamente conmovedora.  La verdad es que en aquella primera ocasión no llegué a comprender la verdadera  grandeza de la película; yo solamente era consciente de que estaba viendo algo muy diferente a lo que estaba  acostumbrado a ver por aquel entonces, algo verdaderamente extraño y desconcertante  para mí.
Desde el comienzo de la película entré de lleno en un mundo mágico, un mundo diametralmente opuesto  al que suelen presentar la inmensa mayoría de películas; un mundo en el que unas palabras susurradas o la inocente y pura mirada de una niña tienen un significado muy especial; un mundo donde los tiempos muertos y las escenas sin apenas diálogos cobran una vital importancia; un mundo donde cada plano de la película parece un cuadro, un cuadro de una belleza indescriptible, un cuadro que solo los grandes  pintores logran pintar.
Al decir esto no pretendo infravalorar ni restar importancia a títulos de películas maravillosas, las cuales están repletas de grandes e ingeniosos diálogos, de las que el que esto suscribe es también un gran admirador. Mi intención al alabar este tipo de película tan especial no es otro que intentar aclarar que hay otro tipo de Cine que sin recurrir a grandes historias ni grandes espectáculos, también está ahí, y si en una gran película histórica o en un gran drama espectacular subyace la belleza, todo esto también se encuentra en una  película que narra sencilla y llanamente sensaciones y emociones que cualquier ser humano (por más humilde que sea su condición) también experimenta en lo más profundo de su ser ante situaciones que a priori pueden  parecer banales o de mínima relevancia.


 

Si la comunicación y el intercambio de ideas con nuestros semejantes, sin lugar a dudas, enriquece nuestro intelecto, no es menos cierto que en alguna ocasión a lo largo de su vida todo ser humano experimenta la necesidad de estar solo en determinados momentos para comunicarse consigo mismo, para lo cual necesita evadirse del mundo exterior y refugiarse en las zonas más recónditas e inaccesibles de su interioridad, esas zonas totalmente inexpugnables para los demás en las cuales puede reflexionar e intentar dar un sentido a su vida. Esos son precisamente los difíciles caminos por los cuales discurre el Cine de Erice, esas zonas cerradas e intransitables  por las cuales Erice deambula con una naturalidad y soltura verdaderamente conmovedora. Realmente son pocos los directores que han tenido la capacidad de plasmar en imágenes de una forma totalmente convincente ese maravilloso mundo interior del ser humano, ese mundo poético donde lo onírico, lo real y lo mágico conviven en plena armonía.
Algunos años después de ver El Espíritu De La Colmena tuve la inmensa suerte de poder ver su segunda película El Sur,  película igualmente entrañable y conmovedora como la anterior, al igual que su tercer y última obra hasta la fecha, El Sol Del Membrillo. Son varias las veces que he visionado las citadas películas -así como algunos de sus cortometrajes- y puedo decir con total sinceridad que en cada visionado que hago siempre experimento la misma sensación, la sensación de estar viendo algo realmente mágico, algo que logra conmoverme intensamente, algo que al menos yo personalmente no encuentro palabras para describir.
Finalmente quiero decir, en honor a la verdad, que son innumerables los folios que he utilizado y arrojado a la papelera para concluir este trabajo, el cual aún así, no acaba de satisfacerme, solamente el  haberle dedicado tanto tiempo a dicha tarea, aunque no sea en absoluto satisfactoria para mí, me ha animado a publicarlo.
Creo sinceramente (y no es pecar de modesto), que ni este artículo escrito por un sencillo admirador de Erice (que quizás haya puesto más de corazón que de entendimiento), ni otros artículos escritos por grandes críticos de Cine, consiguen exponer y clarificar de una manera justa lo que el Cine de Erice representa. Puede que el Cine de Erice sea indefinible y que realmente  no existan palabras lo suficientemente  rotundas y explícitas para describirlo.
En definitiva, quizás las únicas personas que puedan darnos una explicación de lo que su Cine realmente representa sean los poetas, porque al fin y al cabo, su cine es solo eso, pura poesía.

 

Juan Martín Camacho